Archivos Mensuales: julio 2011

No caigamos en la “solución” del atajo

Si hay algo que tienen los asesores del Ejecutivo Nacional es picardía para inventarle nombres irreprochables a las leyes, un claro ejemplo es la promulgación de la Ley de Costos y Precios “Justos”. Con esto buscan que todo el que se atreva a cuestionarlos luzca enemigo de un valor tan universal como la “justicia”. Es el mecanismo por el cual han pretendido que sólo los que pertenecen a un partido y obedecen a un caudillo, puedan llamarse patriotas o bolivarianos. Va siendo hora de que ningún venezolano tolere más semejante chantaje.

Ya en el pasado hubo una experiencia similar con la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios que existió principalmente durante el gobierno de Jaime Lusinchi. Para resumir, de aquella experiencia se recuerda que, en cuatro años de vigencia, la inflación lejos de reducirse se duplicó y el desabastecimiento apareció en escena con episodios nunca antes vistos. Hubo comunidades que llevadas por la desesperación tomaron camiones por asalto para obtener bienes desaparecidos de los mercados, como por ejemplo el papel sanitario.

¡Ojalá gobernar y hacer que el pueblo viva mejor fuese cosa de inventar nombres y de hacer decretos o leyes que, a punta de multas, generen condiciones de bienestar! Yo por ejemplo me apuntaría de una vez con una Ley de Felicidad y del Progreso General ¿Quién podría oponerse? Claro, habría que designar una comisión y establecer un sistema de penalizaciones para todo aquel que tuviese la ocurrencia de ser infeliz. Por supuesto, eso es tan disparatado como el querer someter a la discrecionalidad del burócrata toda la complejidad de la economía, que es lo que nos plantea esta nueva Ley.

Se trata, en el fondo, de una expresión más de la tentación autoritaria; que es la tentación del atajo, del voluntarismo, del “porque me da la gana”. Lo contrario es el diálogo, la búsqueda de acuerdos y el crear condiciones para que los ciudadanos -y no un gran jefe- sean realmente los protagonistas de cada solución.

Que la especulación es un mal a vencer es algo que nadie puede rechazar. Que la solución es tan simple como crear una gran policía de costos y precios, no lo creemos en absoluto. Que hay una suerte de gen que hace de nuestros comerciantes e industriales unos especuladores natos, a diferencia de los filantrópicos empresarios rusos, chinos, brasileños o argentinos, pues tampoco. Que debe haber leyes contra el abuso, por supuesto que sí, pero esas normas nunca se darán abasto mientras la política económica genere oportunidades para los inescrupulosos que siempre puede haber en todos los niveles: desde la gran industria, pasando por el transportista, hasta llegar al más pequeño comerciante.

Destruir el aparato productivo nacional es una manera efectiva de promover la especulación, y eso precisamente es lo que de manera absurda se ha venido haciendo. El verdadero antídoto es la diversidad de la oferta y la competencia entre más y más empresarios deseosos de ganarse la buena voluntad del consumidor. La nueva Ley nos lleva por el camino exactamente contrario.

En Miranda hemos hecho una clara apuesta por el desarrollo económico, única respuesta de fondo al problema de la inflación y la escasez. Siendo el primer estado en adoptar una Ley para el Desarrollo de la Economía Popular, hemos entregado ya cerca de 3.000 créditos productivos –más de la mitad para mujeres emprendedoras- que significan la creación de unos 17.000 empleos‬.

En el polo opuesto del “Estado empresario” que hoy se nos quiere imponer, nosotros creemos en el ciudadano emprendedor y, en tal sentido, hemos ofrecido capacitación a más de 2.000 mirandinos para que conviertan sus ideas y sus ganas de progresar en iniciativas concretas. Otro tanto hicimos con unos 30.000 productores agrícolas, a quienes hemos entregado 943 créditos, que se estima generaron 23.000 empleos. Además, bajo el concepto “Hecho en Miranda”, estamos dando capacitación y asesoría para que los productos locales triunfen en nuevos mercados dentro y fuera del país.

Y, por cierto, una pregunta que todos deberíamos hacernos hoy: ¿quién le controla los costos al Gobierno nacional? ¿Cuál será el organismo que evaluará y fiscalizará la relación entre lo que gasta/presta/regala el Ejecutivo Nacional, y lo que efectivamente recibimos los venezolanos en servicios públicos y oportunidades de progreso? Quizás nos llevaríamos una gran sorpresa al descubrir que el mayor especulador es aquel que nos ha hecho pagar una auténtica fortuna –ingresos record por la venta del petróleo que a todos nos pertenece- a cambio de un país muy distante con el que soñamos y tenemos derecho a aspirar.

Yo creo que, más que obsesionarnos con enemigos internos y externos, Venezuela está en la hora de construir alianzas con todo aquel dispuesto a sumar su buena voluntad y sus capacidades al logro de metas comunes. Mantengamos viva la reveladora lección que nos acaban de dar los muchachos de la Vinotinto, quienes nos demostraron que un color y una pasión también pueden servir para unirnos, o mejor aún, para demostrarnos que en realidad, nunca lograron dividirnos.


“Un equipo, un país”

¿Quién dijo miedo?, ¿quién dijo que era imposible? Lo que antes fue una historia de traspiés y desilusión, se convierte, gracias a un extraordinario trabajo en equipo, en la oportunidad real de abrirnos un lugar entre los países que todos admiran.

Lo anterior podría aplicarse con toda propiedad tanto a la actuación de nuestra Vinotinto en la Copa América, como a la singular evolución que está experimentando el ambiente político venezolano. Las fuerzas del cambio –un cambio tan sorprendente y positivo como el de nuestra selección nacional- hoy se desatan en un número creciente de venezolanos. Mientras más hablo con la gente, más me convenzo de que se está cerrando un ciclo, abriendo el camino para que Venezuela se enrumbe por caminos de progreso, bienestar y paz.

La generosa línea de crédito que le extendió el pueblo venezolano a las promesas del oficialismo, está quemando sus últimos cartuchos. En cada rincón de Miranda y de Venezuela encuentro personas que ya no están dispuestas a tolerar el sectarismo, los discursos vacíos o el chantaje partidista. Hablo de gente que quiere mirar hacia adelante, que quiere salidas concretas y no excusas: jóvenes que, pese a las complacientes cifras de empleo del gobierno central, no encuentran un trabajo estable y digno; vendedores informales cansados de vivir siempre en el límite de la subsistencia; funcionarios indignados al tener que vestir franela roja (“como si fuéramos niñitos de kinder”, me dijo un viejo portero ministerial); padres angustiados al ver cómo la inseguridad cobra vidas sin que haya freno ni castigo, o madres cansadas de perseguir de mercado en mercado los productos más elementales.

Se siente en el aire un hartazgo que en buena parte se explica por la acumulación de arbitrariedades:

¿Que el servicio eléctrico es un desastre y ya no hay un “Niño” que cargue con la culpa? Pues en lugar de asumir culpas o de indemnizarnos por los electrodomésticos descompuestos, lo que nos viene es tremenda multa.

¿Que los productos desaparecen de los anaqueles o sufren una inflación sólo superada por Etiopía? La solución es amenazar y castigar con una de esas leyes que consiguen exactamente lo contrario de lo que buscan: más inflación y escasez.

¿Que la oposición se presenta como una opción cada vez más interesante en los tiempos por venir? Nada de batirse en buena lid respetando las reglas del juego: eligen la guerra sucia y, pese al escándalo que significa, se dejan tentar por el recurso de la inhabilitación política.

¿Qué gobiernos como el de Miranda ofrecen resultados que contrastan con el despilfarro y la acumulación de fracasos? Lejos de pensar en el bienestar de la gente, se opta por desplegar un cerco presupuestario.

Lo interesante es que a medida que pasa el tiempo, tales reacciones son cada vez más débiles frente a esa fuerza transformadora de la que hablamos. Es, nuevamente, como en el fútbol: ya no importa tanto que algún árbitro sea injusto y hasta nos saque una tarjeta roja en el último minuto: sabemos que nuestro buen juego acabará por imponerse.

Esa ha sido nuestra manera de gobernar en Miranda. Entendimos que con el mismo presupuesto que en el 2008, lo importante era enfocar nuestras energías en las necesidades reales de la gente, y dar un necesario ejemplo de inclusión; es decir trabajar con los mejores, sin distinciones ideológicas, y para todos por igual, sin detenernos en colores partidistas. El resultado, con un presupuesto que prácticamente no ha cambiado desde 2008, teniendo que superar además contingencias naturales que más bien exigían recursos extraordinarios, me atrevo a afirmar que es un ejemplo de esa administración sensata y efectiva que hoy reclama el país, donde las promesas cumplidas sustituyen el conflicto cotidiano y la palabrería.

¡Qué no habríamos hecho si la administración central hubiese acatado nuestra carta magna en materia de Situado Constitucional! Es decir, si hubiese incrementado los recursos de acuerdo a ingresos por barril de petróleo que, en lugar de los 40 dólares previstos, pasaron la barrera de los 100 dólares. Estamos hablando de una cantidad enorme de dinero, que toma el incierto destino de ese gran presupuesto paralelo que maneja un gobierno inauditable.

Recalcular el Situado Constitucional con el excedente que genera el barril petrolero, por ejemplo, a 98 dólares, significaría para Miranda nada menos que un aumento de 32% en la asignación; es decir, 718 millones de bolívares adicionales. Con esa cantidad podríamos construir 31 escuelas de alta calidad como la que hicimos en Tapipa, o multiplicaríamos por siete una iniciativa tan exitosa y útil como la de nuestros Certificados de Materiales de Construcción, que ya han beneficiado a más de 100 mil mirandinos, o triplicaríamos el alcance de la Red de Salud Francisco de Miranda, permitiéndonos atender a unas 2.210.000 personas al año. Eso…y más.

Pero hay que tener paciencia, pues otras realidades vendrán y será para bien de todos los venezolanos. Por cierto, al terminar este artículo no sabemos aún la suerte definitiva que ha corrido la Vinotinto en Argentina. En realidad, aunque soñamos con la Copa, ella no es lo verdaderamente valioso. Lo que realmente importa es la magistral lección que nos dieron al demostrar lo que es capaz de lograr un equipo unido. Sigamos su ejemplo, porque cuando las cosas se hacen bien pasan cosas buenas. Como dijo Mandela: “un equipo, un país”.


Educación para el Progreso

Hoy es un día importante para mí y para mi equipo de gobierno, porque estamos entregando otro pedacito de sueño para Miranda, hoy estamos entregando nuestra cuarta escuela modular, la escuela Tres Letras. Lo que me lleva a recordar que hace más de una década, un ministro venezolano tuvo el coraje de confesar lo que ningún otro en su cargo se había atrevido a admitir: “la educación venezolana es un fraude”. Si lo revisamos, esta afirmación podía resultar injusta porque aquella Venezuela, en 40 años de vida democrática, había llevado el analfabetismo de 50% a 5% y había multiplicado por ocho o nueve tanto el número de escuelas como el número de estudiantes, por nombrar sólo dos datos significativos. Sin embargo, en realidad, tras el relativo éxito cuantitativo, existía también un monumental fracaso en lo verdaderamente importante: la calidad de la educación y el sentido de la educación como formadora de ciudadanía y como generadora de una mejor vida para la gran mayoría de los venezolanos. Entonces, era justo hablar de fraude porque pese a aquella realidad de deserción escolar, pésimo rendimiento, analfabetismo funcional, crisis de la carrera docente, etc., el Estado se empeñaba en mantener y defender el mismo paradigma y las mismas viejas prácticas. ¿Que ha pasado en lo que conocemos como la “revolución”? Pues, como dice el chiste, “hemos dado un gran giro de 360º”, es decir, seguimos en lo mismo. La verdad es que, en cuanto a maneras de entender el problema, y pese al mucho ruido y a ciertos avances –nuevamente cuantitativos-, han persistido en enfoques que atornillan el peor aspecto del fraude de la educación, ese que nos hace creer que un cupo y eventualmente un título es más importante que la calidad de los estudios, es decir, más importante que adquirir habilidades, competencias y actitudes útiles para la propia vida y para el país. Las mismas estadísticas del Ministerio de Educación nos hablan del agravamiento de los problemas medulares que tenemos actualmente en sistema educativo. Por ejemplo: pese al crecimiento de la población, el número de estudiantes está decreciendo y hoy tenemos menos matriculados en el sistema formal que hace seis años, contando incluso las llamadas Misiones del Gobierno Nacional. Nuestra propia experiencia en Miranda nos muestra todos los días la profundidad de la crisis educativa. Más de la mitad de los muchachos que llegan a séptimo año, abandonan su educación en los siguientes tres años. De los que quedan, sólo la mitad completa el bachillerato. ¿Dónde están todos esos jóvenes que se nos quedan en el camino? ¿Qué están haciendo en este preciso momento?. Ellos no desaparecen, son una realidad angustiante que no se puede ocultar con propaganda oficial. Una diferencia con el pasado sí hay y es temible: el tinte ideológico que todo lo enturbia, que siembra exclusión en las aulas donde debemos enseñar la tolerancia como un valor esencial, y que nos obliga a invertir nuestras energías en debates que poco o nada tienen que ver con temas tan urgentes como la capacidad de nuestros niños para el razonamiento lógico-matemático o la comprensión lectora. La educación por sí misma, sobre todo cuando es puesta al servicio de una ideología, no es liberadora ni es necesariamente la llave que debe ser para salir de la pobreza. Incluso, hubo y aún existen regímenes autoritarios que han masificado su educación y han hecho de ella un instrumento más de infelicidad. Por eso, en Miranda vamos más allá de lo común y lo existente, e incluso hemos convertido los problemas en oportunidades. Nuestra principal motivación es demostrar que sí se pueden hacer las cosas bien y que sí es posible corregir este grave problema educativo si tenemos un criterio integral que rompa el falso dilema entre cantidad y calidad, y con un modelo de auténtica vocación democrática, es decir que persiga la inclusión y la justicia. No son meras palabras: Miranda es el único Estado que dedica más de la mitad de su presupuesto, sobre el 60%, a la educación, y buena parte de esos recursos atienden una necesidad crucial: la de tener más y mejores planteles educativos. Aquí, dado lo costoso que es afrontar las necesidades de infraestructura, es donde más hemos sentido el acorralamiento presupuestario por parte de la administración central. Sin embargo, casi 500 escuelas han sido reparadas y hemos construido 25 nuevas escuelas. Pero los recursos educativos también van dirigidos a otra área vital de la educación: el fortalecimiento de nuestros programas y la necesidad de tener más y mejores docentes. Por ello dedicamos esfuerzos para reforzar el papel de nuestros más de 12.000 maestros, porque ellos son la clave de una verdadera mejora en la calidad de la enseñanza. Un ejemplo es el Plan de Lectura y Alfabetización Social (PILAS), que ha llevado capacitación a más de 120 directores y a 1.140 docentes, lo que beneficia directamente a más de 100.000 niños y jóvenes. En paralelo, libramos una guerra contra la deserción escolar a través de mejoras y subsidios directos en temas claves como el transporte escolar, el uniforme escolar, los útiles y libros escolares, la alimentación, además de las 3.417 becas socio-económicas otorgadas a estudiantes de todos los niveles del sistema. El resultado de este enorme esfuerzo comienza a notarse. Las estadísticas nos muestran que los muchachos están sacando mejores notas, especialmente en lengua y matemáticas, donde hemos enfocado nuestro esfuerzo, y en muchas de nuestras escuelas se respira un aire distinto: hay un ambiente de motivación y búsqueda de la excelencia; porque no sólo construimos aulas de clase, sino que nos interesa aportar un ambiente educativo de calidad para todos por igual. El país de Andrés Bello y de Simón Rodríguez merece contar con un sistema educativo que sea ejemplo para el mundo. Nosotros creemos que es posible y, con esa capacidad que distingue a los venezolanos para alcanzar grandes metas, estamos dispuestos a lograrlo. Nuestro proyecto es mejorar el presente para tener un futuro para todos. Un proyecto con todos los colores. Tenemos razones para soñar y tenemos la fuerza para hacer realidad nuestros sueños.

Comunicado a la opinión pública

Mientras los venezolanos siguen sufriendo los estragos de la crisis económica, un costo de vida galopante, escasez de productos básicos e inseguridad rampante, tenemos a un denunciante de oficio quien hace ver ante la opinión pública que existen irregularidades  en la gestión del Gobernador Capriles Radonski, cuando ésta es una muestra más del terror que tiene este Gobierno a que en Venezuela haya más escuelas, funcionen los hospitales, haya más seguridad, que la inflación no se coma los sueldos y que las cárceles sean centros de rehabilitación.

Este Gobierno pareciera que le teme al progreso cuando observamos actitudes como la de Gerson Pérez, quien valiéndose de artificios jurídicos y de denuncias sin fundamento, tiene como único propósito descarrilar a aquellos que perciben como enemigos. Ayer lo vimos con la injusta sentencia impuesta al precandidato presidencial, Oswaldo Álvarez Paz, sólo por ejercer su derecho a la libre expresión. Hoy el patrón continúa con alegaciones sin fundamento ni mérito en contra del Gobernador Capriles Radonski.

Estos trucos políticos buscan crear zozobra e incertidumbre en nuestro pueblo. Queremos dejar claro que no hay antejuicio ni juicio porque no hay caso. No detendrán el compromiso y el enfoque del Gobernador de seguir denunciando la precaria situación de nuestro país y ofreciendo soluciones para mejorar la vida de todos los venezolanos por igual.

Atentamente

Armando Briquet
Jefe de campaña de La Fuerza del Cambio

Vivienda para todos

La falta o la precariedad de la vivienda es un verdadero drama que los mirandinos conocemos muy bien. Por una parte somos uno de los estados que más ha sufrido durante los últimos años por causa de las inundaciones, con todo lo que ello significa en pérdida y deterioro de infraestructura. Pero eso no ha sido lo peor en realidad: con nosotros se han ensañado todas las ineptitudes de una administración central que ya perdió la cuenta de sus propios mega planes de vivienda (¿ocho o nueve en doce años?) y que, de cara al gobierno local, aplica lo de no usar ni prestar la batea presupuestaria. Increíblemente, en medio de ese panorama adverso, aquí hemos dado en menos de tres años un ejemplo extraordinario de que sí es posible avanzar en firme hacia la solución de este problema; con ingenio y voluntad de consenso, con participación de los vecinos y sin demagogia, con recursos limitados pero bien administrados y, sobre todo, incluyendo a todo aquel dispuesto a cooperar o invertir.

De verdad creemos en la participación, el protagonismo y el empoderamiento de los vecinos, y por eso en 2010 creamos el plan “Soy Propietario” para apoyar a los vecinos en la obtención de sus documentos de propiedad o títulos supletorios de vivienda; al tiempo que abrimos la Escuela de Constructores Populares de Miranda, gracias a una alianza con la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV. En los primeros dos años de gestión más de 77 mil mirandinos se beneficiaron del programa de “Certificados de Materiales de Construcción”, que implicó una inversión de 219 millones de bolívares fuertes; y, por otra parte, un total de 6.508 viviendas se construyeron gracias a los “Certificados para la Vivienda Semilla”. Otras modalidades de nuestra política habitacional, que han beneficiado ya a más de un millar de familias, se orientan a la adquisición en el mercado primario o secundario, a la ampliación de viviendas propias y a la adecuación de espacios para taller u otras actividades productivas en el hogar. Adicionalmente, más de 4.300 certificados han sido destinados a las familias afectadas por los desastres naturales. Y así llegamos a nuestra entrega de certificado número 100.000, una experiencia inolvidable, porque nos hace recordad el primero y también cada una de las caras, las emociones, la alegría y hasta el llanto de quienes han recibido la posibilidad de mejorar su calidad de vida, recibiendo la tranquilidad de construir una casa segura, un albergue para la familia, un futuro para los hijos. Para nosotros es meas que un logro, es la satisfacción de compartir el inicio del progreso en cada mirandino beneficiado.

Si extrapolamos estos logros al ámbito nacional, ponderando las abismales diferencias de recursos entre la administración central y el gobierno de Miranda, podemos asegurar que sí es posible desatar esa especie de nudo cada vez más enredado en que han convertido el drama de la vivienda.

Habría que comenzar, ante todo, por desarmar ciertos mitos. El primero es la excusa polivalente del gobierno central: todo se trata de un problema estructural y heredado del pasado (no el “pasado” de ellos, que ya es bastante largo). Esa es una verdad muy parcial. En efecto Venezuela arrastraba un déficit de viviendas que se ubicaba en torno al millón y medio de unidades, y nos quejábamos, por ejemplo, de que en 1997 “sólo” se habían construido 60.000 viviendas. Doce años después, a pesar de haber tenido todo el poder para “cambiar las estructuras” y todo el dinero que han querido para ejecutar hasta el plan más faraónico, el déficit no sólo no disminuyó, sino que creció a 2 millones de viviendas, según las fuentes más conservadoras. ¿La razón? El ritmo de construcción se redujo a menos de la mitad. Es decir, en más de una década, no han llegado a construir 300 mil viviendas.

Sacar la cosntrucción privada de la promesa de realización no es una buena idea, la supervisión y promoción de esta debe estar a cargo de los gobiernos, para poder acercar las soluciones reales al pueblo. La verdad, y así lo demuestran prácticamente todas las experiencias exitosas –por ejemplo la muy notable de Chile- es que sólo con una activa participación de las iniciativas privadas se puede acometer un programa masivo de vivienda, promovido claro está por el gobierno, en miras a un desarrollo verdadero y de calidad.

Del Estado en solitario y con el ánimo excluyente, ese que busca en el exterior lo que aquí tiene a mano, sólo cabe esperar el derroche vergonzoso que significaron, por nombrar un ejemplo indignante, las supuestas casas uruguayas; o la búsqueda de improbables alternativas en Irán. ¿Se habrá aprendido alguna lección que haga de la “Gran Misión Vivienda Venezuela? una experiencia distinta a las anteriores? Nosotros estamos a la orden para lo que podamos compartir y ayudar, para construir viviendas de calidad.

Con sinceridad les deseamos éxito en una empresa que debiera ser de todos. Y lo hacemos porque aquí en Miranda sabemos mucho de los rostros de alegría y esperanza de los que les entregamos sus certificados de vivienda de calidad; sabemos que un ambiente de viviendas precarias es el perfecto para que proliferen otros males que mantienen en zozobra a nuestros vecinos, como es a menudo la droga y la inseguridad; sabemos de la impaciencia desesperada de quienes ven prolongarse su vida en un refugio lejos de su comunidad y sabemos, también, que en éste como en tantas otros asuntos los venezolanos tienen derecho a la esperanza de tener verdaderas razones para creer que el progreso de calidad es posible.

Bicentenario

Estamos a un paso del bicentenario de nuestra independencia y, por supuesto, es motivo para que todos los venezolanos nos congratulemos y rindamos honores a un pasado sin duda heroico. Pero hay más de una manera de conmemorar y de pensar en aquella gesta que nos parió como nación.

La celebración oficial incluirá sin duda los episodios habituales del culto al pasado que hoy está en boga, con muchos discursos y el desfile militar de siempre, incluyendo al locutor de voz engolada que nos mostrará lo mucho que han cambiado las cosas en el país: en lugar de “Mirage” y “FAL”, ahora dirá Sukhoi” y “Kalashnikov”. Pasar del francés al ruso, parece ser un acto de soberanía en la extraña lógica de algunos. Lo que no ha cambiado, por supuesto, es el hecho de que un país con tantas necesidades invierta fortunas en armarse para muy improbables conflictos. Hablamos, según estiman los que investigan en la oscura trama de nuestro gasto militar, de unos 15 mil millones de dólares en los últimos seis años, cifra que bien invertida podría haber marcado la diferencia al menos en uno de los mega-problemas que hoy enfrenta el país; sea el carcelario, el del suministro eléctrico o el de la vivienda, por no hablar de la posibilidad de revertir el descalabro de nuestro aparato productivo.

Es por estas contradicciones que, al hablar de independencia, es muy importante mantener los pies en la tierra y la mente en el presente, sin que ello signifique olvidar o deshonrar el pasado. Lo valioso y útil es que de lo ocurrido hace 200 años, saquemos lecciones para nuestra conducta actual; por ejemplo al recordar que  este país surgió como respuesta a un régimen de injusticias y privilegios, pero pronto entendió, a través de la locura de Boves, que los caminos del odio irracional y el fanatismo sólo podían llevar a la destrucción absoluta. Lo más importante, sin embargo, más allá de los errores y desviaciones posteriores, es que ya en aquellos años de nuestra fundación dimos el primer gran ejemplo de unas cualidades realmente excepcionales para asumir y superar hasta el más desafiante de los retos.

Hoy la independencia tiene que significar mucho más que la mera autonomía frente a un poder extranjero. De hecho, creo que el mejor ejercicio para comprender esto es salir a la calle y hablar del tema, por ejemplo, con cualquier joven venezolano. Probablemente escucharemos que, para él o ella, el problema de la independencia tiene que ver más con el hecho de vivir “arrimado”, sólo o incluso junto a su pareja, en la casa materna; lo cual seguro estará asociado con la falta o precariedad de empleo. Si hablamos con gente algo mayor, encontraremos que muchos de sus sueños son el de lograr “independencia” para sí mismos y para sus hijos. Y cuando hablan de independencia, están muy claros en que ésta no tiene nada que ver con dádivas del gobierno, sino, por el contrario, con oportunidades reales para una vida digna que dependa de su esfuerzo y de sus méritos; nunca de la afiliación a un partido o de la sumisión a una ideología. Otros, además, probablemente nos preguntarán que de cuál independencia les hablamos, si ni siquiera tenemos la libertad de salir a la calle con un mínimo de seguridad sobre nuestra vidas y bienes. Esa es la vida real, cuyos males no se resuelven dando círculos y complaciéndonos con el recuerdo de un pasado glorioso.

Nuestra lucha en Miranda es por esa independencia de carne y hueso. Con un uso eficiente de los recursos disponibles –mucho menos de lo que le corresponde en justicia a los mirandinos- vamos presentando resultados que son elocuentes. Esta semana, por ejemplo, hemos llegado a los cien mil beneficiarios directos de nuestro programa de certificados de vivienda. Todo un hito para esta iniciativa que, a nuestra escala, es un excelente ejemplo de cómo afrontar creativamente esa necesidad fundamental.

Y si de independencia hablamos, hay que dar un espacio preferencial a todo lo relacionado con la micro-empresa y los emprendedores. Estamos especialmente orgullosos de ser el primer estado en Venezuela con una Ley para el Desarrollo de la Economía Popular, en cuyo marco se han entregado 2.434 créditos que se traducen en 16.000 empleos.Más de la mitad de los recursos han sido dirigidos a las mujeres emprendedoras, haciendo así justicia al papel fundamental que ellas cumplen en nuestras comunidades y siguiendo, a la vez, la recomendación que al respecto hacen los especialistas en temas del desarrollo. Este esfuerzo incluye una red de bodegas en sectores populares, servicios de transporte –con innovadores sistemas de seguridad- y la capacitación de más de 2.000 emprendedores en temas básicos para el éxito de sus iniciativas.

Bajo el concepto “Hecho en Miranda”, que implica capacitación, asesoría en calidad y promoción de las exportaciones, impulsamos los productos locales. Nuestro estado es hoy el primer productor de mandarinas, duraznos y flores; el segundo de cacao y ñame; el tercero de ocumo y fresas, y el quinto de plátano.Nuestro aporte aquí llega a los943 créditos  a 30.000 productores agrícolas, que han generado cerca de 23.000 empleos.

Así construimos la independencia actual; y hacerlo, estamos seguros, representa el mejor homenaje que hoy podemos hacer a quienes dos siglos atrás lo dieron todo por legarnos una patria.