Más obras que palabras

Estamos ya por terminar el primer semestre de 2011 y siento que, al cruzar este ‘ecuador’ del año, Venezuela toda está también cruzando una raya invisible, cerrando un ciclo. En la calle se palpa con claridad que los eventos recientes, principalmente los asociados a la crisis eléctrica y a la violencia carcelaria, dejan un saldo de sensaciones que van del malestar al asombro, pero sobre todo un gran cansancio ante las excusas cada vez menos creíbles y desgastadas del Gobierno central en sus teorías de conspiración y desestabilización.

En todo el drama carcelario, en particular, hay elementos que alimentan ese hastío del pueblo frente a la incompetencia. El pueblo intuye que no se trata de un problema complejo, como el de la educación o la salud, sino de uno bastante delimitado, manejable en muchos sentidos, que podría sin duda superarse con una adecuada combinación de recursos y talentos, pero con una necesaria disposición política de planificar y ejecutar. Los primeros, recursos y talentos, hay de sobra, en cuanto a lo segundo, no vemos o conocemos el plan ni mucho menos la disposición política de hacerlo.

Lo que se aprecia es una mezcla de ineptitud y negligencia que clama al cielo. Esta Venezuela, la del barril de petróleo en la frontera de los 100 dólares, la que echa la casa por la ventana en sus gestos de solidaridad continental, ¿no ha tenido dinero en más de una década para construir la infraestructura necesaria para acabar o tan siquiera aliviar el hacinamiento carcelario?, ¿o es que acaso los recursos, en lugar de atender ese problema concreto, se esfuman en planes de ‘humanización’ carcelaria?

Y me pregunto además: ¿un gobierno incapaz de ampliar, acondicionar o construir unos pocos recintos carcelarios, es el mismo que edificará 2 millones de viviendas en seis años? Más aún, ¿el mismo gobierno que permite que los presos adquieran un arsenal de guerra, es el que va a ejecutar un plan nacional de desarme?, e incluso debemos plantearnos: ¿quiénes se dejaron arrebatar el mando por los llamados “pranes”, y voltearon a un lado mientras la violencia alcanzaba estos límites históricos en las cárceles, tienen el liderazgo que hace falta para devolverle la seguridad a todos los venezolanos?

Lo que vemos, asombrados, es un empeño en presentar como logros lo que debería, como mínimo, hacerlos sentir vergüenza. Todos nos quedamos con la boca abierta al ver los resultados de la requisa en El Rodeo I. Allí comprendimos que tenemos unas cárceles de presos que no son presos, pues están armados hasta los dientes, al cuidado de guardias que no son guardias, sino socios de un mismo negocio. Impactante ver todas las armas y granadas que nos mostraron, por cierto, sin que apareciese un mando de la GN ruborizado o manifestando siquiera la intención de abrir una investigación.

Nada de que enorgullecerse hubo en ese decomiso, como tampoco en la tortuosa toma del control de la cárcel. Han alardeado reiteradamente de no haber cometido una masacre, uno o muchos muertos siguen siendo una vergüenza. Así como la desidia por este tema, indigna que, a más de dos periodos presidenciales de distancia, no se hagan responsables de haber dejado que las cosas llegasen a límites monstruosos. Claro, aceptarlo significaría que han sido tanto o más insensibles con la población interna que las aborrecidas administraciones anteriores que tanto critican. Por eso, pese a una verdad que les ha estallado en la cara, optan por sentar en el banquillo a diputados, comunicadores y activistas de derechos humanos.

Es el mundo al revés, tal y como ocurrió con el rebrote de la crisis eléctrica. Quienes hablan de revolución se creen infalibles: los dueños de la verdad nunca se equivocan y, si algo les sale mal, es por la obra perversa del enemigo o, en todo caso por poca conciencia del pueblo, que en este caso se traduce en la poca cultura del ahorro energético. De autocrítica ni asomo, por ejemplo para aceptar que convirtieron a EDELCA, una buena empresa estatal, en un monstruo burocrático y en ring de boxeo para el enfrentamiento de personas que apoyan al Presidente de la República.

Ayer, con el voluntarismo usual, pretendieron dejar todo resuelto con un macro-plan multimillonario. Hoy, con el Guri a reventar, ya no hablan de El Niño y no les queda sino reconocer que apenas se ha hecho una fracción de lo prometido; como tendrán que hacer mañana en el caso de las viviendas, de las cárceles o de la inseguridad. Pero deberían saber que los venezolanos, que somos gente de buena fe como pocas, tenemos también un límite para nuestra credulidad. Creo, como decía al inicio, que ese límite ya se divisa con nitidez.

Lo dicho nos reafirma en nuestras ideas sobre lo que necesita y exige hoy este país: obras más que palabras, unión y no división. La ineficiencia se ahoga en su retórica; pero un preso lo que realmente necesita, es una alimentación digna, un colchón, un proceso judicial oportuno y una opción real de reinserción, necesita un plan que lo haga visualizar una vida digna después de pagar su pena. Las palabras sin acción no dignifican a nadie, y no se puede gobernar por y para el pueblo cuando la mitad de las energías se nos van en perseguir enemigos imaginarios. Sólo juntos, recuperando nuestro sentido de país –de un único país que a todos nos importa- podremos superar estos problemas y encauzarnos a una sociedad de verdad más justa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s