Columna 12 de junio

Los venezolanos nos caracterizamos por nuestro buen humor y capacidad de hacer chistes hasta en las situaciones más difíciles. Recuerdo que cuando se iniciaba la escalada del Gobierno Central por hacerse con el control de toda la cadena alimentaria, empezó a rodar aquella brillante pregunta: “¿Cuál es el animal con la cola más larga?”… Que no era otro que el pollo de Mercal con sus enormes filas de ansiosos compradores.

Claro que las ganas de hacer chistes se nos han ido esfumando a medida que los problemas de escasez se han vuelto más frecuentes, agudos y diversos en cuanto al tipo de artículo que pasa a engrosar la lista de desaparecidos. De los productos alimenticios básicos, como el aceite o la leche, el fenómeno se va ampliando hacia medicamentos, autopartes y productos de higiene personal. Hacer mercado, ya sabemos, se convierte a menudo en una especie de carrera de obstáculos para quienes consiguen un producto aquí, otro más allá y otro acullá o, más bien, de calvario cuyas “estaciones” son mercales, pdvales, bicentenarios, supermercados varios y bodeguitas, para terminar a menudo con un buhonero dispuesto a sacarnos un ojo de la cara por cualquiera de los productos escasos.

El asunto es que con tanta cola y peregrinaje, la gente tiene tiempo para pensar y hacerse preguntas. Por ejemplo: ¿esto es lo que llaman soberanía alimentaria?, ¿el problema no eran los especuladores y acaparadores que ahora están metidos en cintura?, ¿será que, en realidad, en vez de tanta pelea, convendría más trabajar en equipo, por supuesto bajo unas reglas claras para que nadie abuse?, ¿es realmente necesario desplazar y sacar de juego a los privados, en lugar de competir lealmente y ofrecer más opciones al consumidor?, ¿qué va a pasar, si ahora estamos como estamos, el día que caigan los precios del petróleo?, ¿será que hay una cartilla de racionamiento en el futuro?, ¿y a quien le vamos a echar la culpa si aquí no hay bloqueo?

Y mientras usted o cualquiera que viva en Venezuela se angustia con estas interrogantes, en Miraflores se inclinan por una política de negación de la realidad. La escasez es un elefante en medio de la habitación, y al que se le ocurra decir que lo está viendo le acusan de desestabilizador y mentiroso. Es así como podemos escuchar a ministros afirmando que existe “pleno abastecimiento de alimentos en todo el territorio nacional”. No piensan ellos que el “pleno abastecimiento” es de esas cosas tan obvias que, cuando de verdad existen, no hace falta andarlas diciendo de micrófono en micrófono.

El problema de las “roscas” y otros vicios de la cadena de distribución son de vieja data, y en muchos aspectos, como en tantas otras cosas, no se equivoca el gobierno al hacer su diagnóstico.  La debacle viene al momento de prescribir la medicina. Ese remedio tiene fecha vencida y hace rato que fue sacado de circulación en casi todo el mundo. A casi nadie le cabe hoy en la cabeza que la salida sea burocratizar todo el sistema, negar de plano la dinámica de la oferta y la demanda, criminalizar al productor independiente, etc.

Que el gobierno quiera democratizar el acceso a los alimentos, es un propósito que compartimos y aplaudimos. ¿Que lo vaya a lograr por la vía tantas veces fracasada de querer ser cuarto bate, novio de la madrina y dueño del equipo? Estamos seguros de que no podrá. La experiencia ya es elocuente, a pesar de las tablas de flotación que brinda el abundante chorro de petrodólares. En esto como en tantas otras cosas, el futuro de Venezuela pasa por descubrir que entre todos tenemos la fuerza y las capacidades necesarias para construir la prosperidad a la que legítimamente debe aspirar un país tan rico como el nuestro.

No hay comida más cara que la que se paga a un precio subsidiado. Uno cree que ese kilo de caraotas, por ejemplo, lo está pagando al sacar la billetera, y resulta que lo más probable es que lo viene pagando desde hace tres meses (es decir el Estado, con el dinero nuestro y del resto de los venezolanos) a través de una cadena de sobre-precios y de anónimos intermediarios; esos que no tienen que cargar con el San Benito de oligarcas, vagabundos, etc. que llevan los productores o industriales nacionales.

Carísimo es también ese laboratorio permanente donde el gobierno le busca un sustituto a la vieja fórmula de la empresa privada. ¿Cuánto hemos gastado y cuál ha sido el porcentaje de éxito real en más de una década que comenzó con la fiebre del cooperativismo subsidiado y politizado, y siguió con nacionalizaciones de industrias y la creación de otras que, en muchos casos, nunca llegaron a nada o, peor aún,  se convirtieron en desaguadero permanente de recursos? Por cierto, ¿qué será de la vida de los guayuquitos?, ¿y de la industrialización a gran escala del aceite de tártago?…Podríamoshacer una larga y triste lista.

Es la hora de aterrizar en la realidad y generar soluciones factibles, bien planificadas y sostenibles para problemas concretos y prioritarios.Se puede, estoy seguro, pero necesitamos sumar y no dividir,hacer más y hablar menos y, sobre todo, invertir el dinero en mejorar la vida de cada ciudadano.

Problemas como el del desabastecimiento nos hablan de una visión del país pequeña, limitada, de mínimos necesarios, de conformismos. Venezuela puede ser otra cosa. ¿Es que acaso no estamos hechos para “para lo grande, para lo hermoso”, como dijo El Libertador?

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