Archivos Mensuales: junio 2011

Más obras que palabras

Estamos ya por terminar el primer semestre de 2011 y siento que, al cruzar este ‘ecuador’ del año, Venezuela toda está también cruzando una raya invisible, cerrando un ciclo. En la calle se palpa con claridad que los eventos recientes, principalmente los asociados a la crisis eléctrica y a la violencia carcelaria, dejan un saldo de sensaciones que van del malestar al asombro, pero sobre todo un gran cansancio ante las excusas cada vez menos creíbles y desgastadas del Gobierno central en sus teorías de conspiración y desestabilización.

En todo el drama carcelario, en particular, hay elementos que alimentan ese hastío del pueblo frente a la incompetencia. El pueblo intuye que no se trata de un problema complejo, como el de la educación o la salud, sino de uno bastante delimitado, manejable en muchos sentidos, que podría sin duda superarse con una adecuada combinación de recursos y talentos, pero con una necesaria disposición política de planificar y ejecutar. Los primeros, recursos y talentos, hay de sobra, en cuanto a lo segundo, no vemos o conocemos el plan ni mucho menos la disposición política de hacerlo.

Lo que se aprecia es una mezcla de ineptitud y negligencia que clama al cielo. Esta Venezuela, la del barril de petróleo en la frontera de los 100 dólares, la que echa la casa por la ventana en sus gestos de solidaridad continental, ¿no ha tenido dinero en más de una década para construir la infraestructura necesaria para acabar o tan siquiera aliviar el hacinamiento carcelario?, ¿o es que acaso los recursos, en lugar de atender ese problema concreto, se esfuman en planes de ‘humanización’ carcelaria?

Y me pregunto además: ¿un gobierno incapaz de ampliar, acondicionar o construir unos pocos recintos carcelarios, es el mismo que edificará 2 millones de viviendas en seis años? Más aún, ¿el mismo gobierno que permite que los presos adquieran un arsenal de guerra, es el que va a ejecutar un plan nacional de desarme?, e incluso debemos plantearnos: ¿quiénes se dejaron arrebatar el mando por los llamados “pranes”, y voltearon a un lado mientras la violencia alcanzaba estos límites históricos en las cárceles, tienen el liderazgo que hace falta para devolverle la seguridad a todos los venezolanos?

Lo que vemos, asombrados, es un empeño en presentar como logros lo que debería, como mínimo, hacerlos sentir vergüenza. Todos nos quedamos con la boca abierta al ver los resultados de la requisa en El Rodeo I. Allí comprendimos que tenemos unas cárceles de presos que no son presos, pues están armados hasta los dientes, al cuidado de guardias que no son guardias, sino socios de un mismo negocio. Impactante ver todas las armas y granadas que nos mostraron, por cierto, sin que apareciese un mando de la GN ruborizado o manifestando siquiera la intención de abrir una investigación.

Nada de que enorgullecerse hubo en ese decomiso, como tampoco en la tortuosa toma del control de la cárcel. Han alardeado reiteradamente de no haber cometido una masacre, uno o muchos muertos siguen siendo una vergüenza. Así como la desidia por este tema, indigna que, a más de dos periodos presidenciales de distancia, no se hagan responsables de haber dejado que las cosas llegasen a límites monstruosos. Claro, aceptarlo significaría que han sido tanto o más insensibles con la población interna que las aborrecidas administraciones anteriores que tanto critican. Por eso, pese a una verdad que les ha estallado en la cara, optan por sentar en el banquillo a diputados, comunicadores y activistas de derechos humanos.

Es el mundo al revés, tal y como ocurrió con el rebrote de la crisis eléctrica. Quienes hablan de revolución se creen infalibles: los dueños de la verdad nunca se equivocan y, si algo les sale mal, es por la obra perversa del enemigo o, en todo caso por poca conciencia del pueblo, que en este caso se traduce en la poca cultura del ahorro energético. De autocrítica ni asomo, por ejemplo para aceptar que convirtieron a EDELCA, una buena empresa estatal, en un monstruo burocrático y en ring de boxeo para el enfrentamiento de personas que apoyan al Presidente de la República.

Ayer, con el voluntarismo usual, pretendieron dejar todo resuelto con un macro-plan multimillonario. Hoy, con el Guri a reventar, ya no hablan de El Niño y no les queda sino reconocer que apenas se ha hecho una fracción de lo prometido; como tendrán que hacer mañana en el caso de las viviendas, de las cárceles o de la inseguridad. Pero deberían saber que los venezolanos, que somos gente de buena fe como pocas, tenemos también un límite para nuestra credulidad. Creo, como decía al inicio, que ese límite ya se divisa con nitidez.

Lo dicho nos reafirma en nuestras ideas sobre lo que necesita y exige hoy este país: obras más que palabras, unión y no división. La ineficiencia se ahoga en su retórica; pero un preso lo que realmente necesita, es una alimentación digna, un colchón, un proceso judicial oportuno y una opción real de reinserción, necesita un plan que lo haga visualizar una vida digna después de pagar su pena. Las palabras sin acción no dignifican a nadie, y no se puede gobernar por y para el pueblo cuando la mitad de las energías se nos van en perseguir enemigos imaginarios. Sólo juntos, recuperando nuestro sentido de país –de un único país que a todos nos importa- podremos superar estos problemas y encauzarnos a una sociedad de verdad más justa.

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Trabajando juntos los resultados siempre serán mejores

Cuando decimos que los venezolanos podemos lograr prácticamente cualquier cosa que nos propongamos -siempre y cuando trabajemos como un gran equipo, sin discriminar a nadie porque piense distinto- estamos expresando algo que va mucho más allá de unas simples palabras bonitas, estamos hablando de auténticas posibilidades de convertir en realidad las situaciones y transformar los problemas en soluciones.

En Venezuela estamos llenos de historias maravillosas que contar, que nos llenan de orgullo y nos dan esperanza de que si podemos hacer las cosas. Los más jóvenes quizá podrán pensar, por ejemplo, que el maravilloso fenómeno de nuestro Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles no tiene precedentes en cuanto a su capacidad para asombrar y despertar admiración alrededor del mundo. En realidad no es exactamente así. Hace poco más de 60 años el mundo quedó igualmente sorprendido cuando un país subdesarrollado, ubicado al norte de Suramérica, se convirtió en el primero que le ganó de plano la batalla al paludismo, un enemigo brutal del desarrollo que aún hoy sigue siendo factor determinante del atraso en muchos lugares.

Se preguntarían entonces: “¿y cómo lo hicieron?”, “¿acaso con una inversión gigantesca y con muchos expertos extranjeros?”. Pues ni lo uno ni lo otro. Se hizo con un presupuesto razonable y bien administrado, y con una legión de venezolanos altamente motivados y obsesionados por hacer de Venezuela un gran país.

Todo esto se los cuento, porque en estos días que tanto se ha hablado sobre los problemas y vicios de nuestro sistema de salud público y privado, vale la pena recordar que ya hemos demostrado que sí se pueden hacer las cosas con excelencia, e increíblemente fuimos ejemplo a seguir por todo el mundo en desarrollo.

Más allá de cualquier consideración sobre lo bueno, lo malo o lo peor de la prevención y atención de la salud en Venezuela, quiero hacer un reconocimiento del extraordinario trabajo que lleva acabo nuestro equipo de Salud Miranda en nuestro estado.

Hay que recordar que cuando apenas comenzaba nuestra gestión se produjo una arremetida centralizadora a través de decretos de transferencias de diversos servicios, incluyendo el de la salud. A nosotros nos quitaron 19 hospitales, 250 ambulatorios y las unidades médicas, desconociendo una vez más los avances y mejoras que produjo el proceso de descentralización en su espíritu de acercar el poder a la gente de manera real, y no con fórmulas supuestamente “participativas y protagónicas” que ocultan dependencia y culto al poder central.

Como dicen por ahí, ese “plomo en el ala”, al que se suman las dificultades para lograr que bajen los recursos que le debía y debe el poder central a los mirandinos, supimos convertirlo en combustible para crear una nueva red de salud en muchos sentidos ejemplar. Nuestra Secretaría de Salud dio un paso al frente ante los tropiezos que el Gobierno Nacional intentó colocarnos, porque en Miranda hemos aprendido que escuchando a nuestro pueblo y con un poco de creatividad se construyen las mejores soluciones, y hemos demostrado que cuando las cosas se hacen bien pasan cosas buenas.

Esta nueva Red de Salud Francisco de Miranda cuenta ya con más de 60 centros de salud y sigue creciendo. Pronto tendremos nuevas entregas de centros de salud para nuestras comunidades.

Las Casas Amigas de la Salud ya superan el medio centenar, y en las comunidades se han consolidado como una alternativa real para la salud primaria gracias a su accesibilidad y calidad de servicio. En contraposición vemos cerrados algunos de los ambulatorios que pertenecían a la Gobernación.

Tenemos los novedosos Puestos de Pronto Socorro que funcionan las 24 horas del día para atender todo tipo de emergencia. Aquí ya se han atendido cerca de 80.000 emergencias. Si ponemos un ejemplo en particular, en el Pronto Socorro de Higuerote se atienden alrededor de 4.500 pacientes al mes, más de lo que atiende el hospital de la zona.

Los Centros de Especialidades Médico-Odontológicas, otro tipo de centro asistencial ya más especializado, supera la cifra de los 20.000 pacientes atendidos.

La Red de Salud Francisco de Miranda se fortalece con planes que funcionan paralelamente a los centros de salud que la conforman. Por ejemplo, las Voluntarias de la Salud han realizado ya unas 14.000 visitas y en las Rutas de la Salud se han atendido unos 23.000 pacientes. Con el Fondo Mirandino de la Salud tenemos unos 2.400 pacientes atendidos, número similar de pacientes se ha atendido a través del Banco de Consultas Médicas.

Además hemos otorgado unas 2.600 ayudas de salud.

Creamos el Centro de Distribución y Logística de medicinas, insumos y equipos médicos, para garantizar una mejor distribución a nuestros centros de salud, desde donde se puede optar a planes como Mi Remedio, que ha entregado casi 200.000 cajas de medicamentos distribuidas a 80.000 enfermos crónicos atendidos en nuestras consultas especializadas

Estos son sólo ejemplos de un programa de salud bien articulado. La reacción de las autoridades regionales y del Ministerio del Poder Popular para la Salud, descalificando y cuestionando la red, es un síntoma del éxito que estos médicos venezolanos tienen al servir a los mirandinos. Trabajando juntos, como de hecho estamos dispuestos a hacerlo, los resultados serían aún mejores.

Mientras tanto, los mirandinos observamos como el hospital Victorino Santaella de Los Teques –que fue transferido al poder central- no sólo es un ejemplo más de la incapacidad reiteradamente demostrada del poder central para llevar el servicio hospitalario a un nivel digno; sino, además, ahora es un símbolo de cómo la violencia ha superado cualquier límite.

En Miranda los recursos están más que contados. No tenemos una fuente incondicional como PDVSA y mucho menos una Asamblea que nos abra generosas líneas de crédito.

Pero con poco o con mucho, seguiremos haciendo nuestro trabajo con la mente puesta en todos los mirandinos, sin distinción. Al final, ellos sabrán reconocer a sus verdaderos aliados.

Columna 12 de junio

Los venezolanos nos caracterizamos por nuestro buen humor y capacidad de hacer chistes hasta en las situaciones más difíciles. Recuerdo que cuando se iniciaba la escalada del Gobierno Central por hacerse con el control de toda la cadena alimentaria, empezó a rodar aquella brillante pregunta: “¿Cuál es el animal con la cola más larga?”… Que no era otro que el pollo de Mercal con sus enormes filas de ansiosos compradores.

Claro que las ganas de hacer chistes se nos han ido esfumando a medida que los problemas de escasez se han vuelto más frecuentes, agudos y diversos en cuanto al tipo de artículo que pasa a engrosar la lista de desaparecidos. De los productos alimenticios básicos, como el aceite o la leche, el fenómeno se va ampliando hacia medicamentos, autopartes y productos de higiene personal. Hacer mercado, ya sabemos, se convierte a menudo en una especie de carrera de obstáculos para quienes consiguen un producto aquí, otro más allá y otro acullá o, más bien, de calvario cuyas “estaciones” son mercales, pdvales, bicentenarios, supermercados varios y bodeguitas, para terminar a menudo con un buhonero dispuesto a sacarnos un ojo de la cara por cualquiera de los productos escasos.

El asunto es que con tanta cola y peregrinaje, la gente tiene tiempo para pensar y hacerse preguntas. Por ejemplo: ¿esto es lo que llaman soberanía alimentaria?, ¿el problema no eran los especuladores y acaparadores que ahora están metidos en cintura?, ¿será que, en realidad, en vez de tanta pelea, convendría más trabajar en equipo, por supuesto bajo unas reglas claras para que nadie abuse?, ¿es realmente necesario desplazar y sacar de juego a los privados, en lugar de competir lealmente y ofrecer más opciones al consumidor?, ¿qué va a pasar, si ahora estamos como estamos, el día que caigan los precios del petróleo?, ¿será que hay una cartilla de racionamiento en el futuro?, ¿y a quien le vamos a echar la culpa si aquí no hay bloqueo?

Y mientras usted o cualquiera que viva en Venezuela se angustia con estas interrogantes, en Miraflores se inclinan por una política de negación de la realidad. La escasez es un elefante en medio de la habitación, y al que se le ocurra decir que lo está viendo le acusan de desestabilizador y mentiroso. Es así como podemos escuchar a ministros afirmando que existe “pleno abastecimiento de alimentos en todo el territorio nacional”. No piensan ellos que el “pleno abastecimiento” es de esas cosas tan obvias que, cuando de verdad existen, no hace falta andarlas diciendo de micrófono en micrófono.

El problema de las “roscas” y otros vicios de la cadena de distribución son de vieja data, y en muchos aspectos, como en tantas otras cosas, no se equivoca el gobierno al hacer su diagnóstico.  La debacle viene al momento de prescribir la medicina. Ese remedio tiene fecha vencida y hace rato que fue sacado de circulación en casi todo el mundo. A casi nadie le cabe hoy en la cabeza que la salida sea burocratizar todo el sistema, negar de plano la dinámica de la oferta y la demanda, criminalizar al productor independiente, etc.

Que el gobierno quiera democratizar el acceso a los alimentos, es un propósito que compartimos y aplaudimos. ¿Que lo vaya a lograr por la vía tantas veces fracasada de querer ser cuarto bate, novio de la madrina y dueño del equipo? Estamos seguros de que no podrá. La experiencia ya es elocuente, a pesar de las tablas de flotación que brinda el abundante chorro de petrodólares. En esto como en tantas otras cosas, el futuro de Venezuela pasa por descubrir que entre todos tenemos la fuerza y las capacidades necesarias para construir la prosperidad a la que legítimamente debe aspirar un país tan rico como el nuestro.

No hay comida más cara que la que se paga a un precio subsidiado. Uno cree que ese kilo de caraotas, por ejemplo, lo está pagando al sacar la billetera, y resulta que lo más probable es que lo viene pagando desde hace tres meses (es decir el Estado, con el dinero nuestro y del resto de los venezolanos) a través de una cadena de sobre-precios y de anónimos intermediarios; esos que no tienen que cargar con el San Benito de oligarcas, vagabundos, etc. que llevan los productores o industriales nacionales.

Carísimo es también ese laboratorio permanente donde el gobierno le busca un sustituto a la vieja fórmula de la empresa privada. ¿Cuánto hemos gastado y cuál ha sido el porcentaje de éxito real en más de una década que comenzó con la fiebre del cooperativismo subsidiado y politizado, y siguió con nacionalizaciones de industrias y la creación de otras que, en muchos casos, nunca llegaron a nada o, peor aún,  se convirtieron en desaguadero permanente de recursos? Por cierto, ¿qué será de la vida de los guayuquitos?, ¿y de la industrialización a gran escala del aceite de tártago?…Podríamoshacer una larga y triste lista.

Es la hora de aterrizar en la realidad y generar soluciones factibles, bien planificadas y sostenibles para problemas concretos y prioritarios.Se puede, estoy seguro, pero necesitamos sumar y no dividir,hacer más y hablar menos y, sobre todo, invertir el dinero en mejorar la vida de cada ciudadano.

Problemas como el del desabastecimiento nos hablan de una visión del país pequeña, limitada, de mínimos necesarios, de conformismos. Venezuela puede ser otra cosa. ¿Es que acaso no estamos hechos para “para lo grande, para lo hermoso”, como dijo El Libertador?

Un paso al frente por el progreso

Todavía sentíamos los estragos de dos semanas de lluvias continuas al término de 2010 -más de 20 mil familias afectadas en nuestro Estado Miranda- cuando tuvimos que enfrentar el impacto de los recientes aguaceros de mayo, con un saldo de más de 2.300 viviendas afectadas severamente. En diciembre, sin sentarnos a esperar apoyo del gobierno central, dimos un paso al frente y realizamos un esfuerzo exitoso. Desplegamos todos los recursos disponibles para prevenir epidemias, restablecer las actividades escolares, reparar viviendas, restituir vialidad y otras tantas acciones que permitieron controlar la emergencia y evitar que se convirtiera en una tragedia humana de gran magnitud.

En aquellos momentos, como ahora, promovimos el trabajo en conjunto y nos mantuvimos abiertos a cualquier acuerdo que permitiera acelerar las soluciones en beneficio del pueblo. Un ejemplo muy valioso nos lo dio nuestra gente de Protección Civil Miranda, que viene trabajando en coordinación con Protección Civil Nacional, y que cuenta, por cierto, con una excelente sala de monitoreo. Esta últimaes un recurso en el que perfectamente se podría apoyar el Gobierno Nacional para cumplir el rol que le corresponde ante las situaciones de emergencia en nuestro Estado. Sin embargo, y por el contrario, lo que vemos es un claro empeño en ignorar estas posibilidades, y el resultado es la duplicación de esfuerzos y la baja efectividad.

En Venezuela se ha hablado tanto de polarización, de bandos supuestamente irreconciliables y de “batallas”, que muchos han terminado por creer que el país es algo así como un rompecabezas con piezas que nunca encajan. No; no es verdad. Aquí lo que abunda es gente con sentido de nación, gente que tiene muy claro que Venezuela es una sola y que juntos, respetando nuestras diferencias, tenemos la fuerza para lograr grandes cosas.

En Miranda, sin detenernos a mirar colores políticos, mantenemos una mano extendida a todo aquel que quiera sumar voluntades, talentos, tiempo o recursos a favor del pueblo. Si esa mano en algún caso no encuentra respuesta, no pasa nada: hay que seguir “echándole pichón” con las mismas ganas. Ahora, si encima nos ponen obstáculos, es parte de nuestra responsabilidad ante los electores el hacer las denuncias que hagan falta. Eso precisamente es lo que hemos hecho al expresar nuestra indignación por  la deuda que mantiene el nivel central con la Gobernación de Miranda. Se trata de recursos que hoy requerimos con urgencia para que nuestro Estado supere las actuales circunstancias y retome el camino de prosperidad que juntos hemos trazado. Negarnos los recursos es una de las tantas manifestaciones de un sectarismo que no descansa ni siquiera cuando el sentido común lo pide a gritos.

Por otra parte, ese mismo fanatismo les conduce aconvertirla emergencia en un instrumento de alguna agenda electoral…o de varias. En las recientes y publicitadas actividades que ha desplegado el Gobierno Nacional en torno al Estado Miranda, se distinguen varios objetivos de orden político, que van desde borrar el persistente recuerdo de una gestión regional fracasada, hasta conjurar el miedo creciente al escrutinio de 2012 o -¡insólito!- explorar un posible próximo candidato a la Gobernación de Miranda.

Pero, a fin de cuentas, lo importante es que se han movilizado. En lo personal aguantaremos con gusto cualquier “aguacero”de ataques si ese es el precio para que se canalicen algunos recursos adicionales en beneficio de la comunidad. Se trata de esfuerzos, sin embargo, que tendrían una eficiencia mayor si existiera la debida cooperación. En cuanto a los dividendos políticos, deberían saber que el pueblo intuitivamente rechaza que la politiquería enturbie hasta lo que merece más respeto: la necesidad de quien, de la noche a la mañana, queda a cielo descubierto o pierde lo poco que posee.

Ese respeto al pueblo y sus necesidades debería obligar a cualquier autoridad a preguntarse no sólo cómo puede ayudar; sino, y sobre todo, cual es la manera más eficiente de hacerlo. Y la eficiencia implica hacer equipoy abrir espacios de colaboración, en una palabra: sumar.

De esta manera, es posible hacer de la crisis una oportunidad para construir mejores realidades. Es lo que nos hemos propuesto con el Plan ¡Arriba Miranda!, que además de prestar ayuda inmediata, promueve la creación de empleo, el nacimiento de microempresas y la recuperación de la industria y el comercio.

Las complejas situaciones de estos últimos meses nos dejan lecciones que podemos aplicar más allá de los desastres naturales. ¿Acaso lo que ha vivido Venezuela durante tantos años, no es en cierto modo una permanente emergencia a la que hemos acabado por acostumbrarnos y considerar “normal”? ¿Si enfrentásemos los graves problemas del país con ese espíritu de equipo que se despierta en momentos de gran conmoción, es decir con una mezcla de solidaridad, urgencia y clara orientación a la solución de los problemas, no cantaría otro gallo en esta encrucijada de la historia?