Archivos Mensuales: julio 2011

No caigamos en la “solución” del atajo

Si hay algo que tienen los asesores del Ejecutivo Nacional es picardía para inventarle nombres irreprochables a las leyes, un claro ejemplo es la promulgación de la Ley de Costos y Precios “Justos”. Con esto buscan que todo el que se atreva a cuestionarlos luzca enemigo de un valor tan universal como la “justicia”. Es el mecanismo por el cual han pretendido que sólo los que pertenecen a un partido y obedecen a un caudillo, puedan llamarse patriotas o bolivarianos. Va siendo hora de que ningún venezolano tolere más semejante chantaje.

Ya en el pasado hubo una experiencia similar con la Comisión Nacional de Costos, Precios y Salarios que existió principalmente durante el gobierno de Jaime Lusinchi. Para resumir, de aquella experiencia se recuerda que, en cuatro años de vigencia, la inflación lejos de reducirse se duplicó y el desabastecimiento apareció en escena con episodios nunca antes vistos. Hubo comunidades que llevadas por la desesperación tomaron camiones por asalto para obtener bienes desaparecidos de los mercados, como por ejemplo el papel sanitario.

¡Ojalá gobernar y hacer que el pueblo viva mejor fuese cosa de inventar nombres y de hacer decretos o leyes que, a punta de multas, generen condiciones de bienestar! Yo por ejemplo me apuntaría de una vez con una Ley de Felicidad y del Progreso General ¿Quién podría oponerse? Claro, habría que designar una comisión y establecer un sistema de penalizaciones para todo aquel que tuviese la ocurrencia de ser infeliz. Por supuesto, eso es tan disparatado como el querer someter a la discrecionalidad del burócrata toda la complejidad de la economía, que es lo que nos plantea esta nueva Ley.

Se trata, en el fondo, de una expresión más de la tentación autoritaria; que es la tentación del atajo, del voluntarismo, del “porque me da la gana”. Lo contrario es el diálogo, la búsqueda de acuerdos y el crear condiciones para que los ciudadanos -y no un gran jefe- sean realmente los protagonistas de cada solución.

Que la especulación es un mal a vencer es algo que nadie puede rechazar. Que la solución es tan simple como crear una gran policía de costos y precios, no lo creemos en absoluto. Que hay una suerte de gen que hace de nuestros comerciantes e industriales unos especuladores natos, a diferencia de los filantrópicos empresarios rusos, chinos, brasileños o argentinos, pues tampoco. Que debe haber leyes contra el abuso, por supuesto que sí, pero esas normas nunca se darán abasto mientras la política económica genere oportunidades para los inescrupulosos que siempre puede haber en todos los niveles: desde la gran industria, pasando por el transportista, hasta llegar al más pequeño comerciante.

Destruir el aparato productivo nacional es una manera efectiva de promover la especulación, y eso precisamente es lo que de manera absurda se ha venido haciendo. El verdadero antídoto es la diversidad de la oferta y la competencia entre más y más empresarios deseosos de ganarse la buena voluntad del consumidor. La nueva Ley nos lleva por el camino exactamente contrario.

En Miranda hemos hecho una clara apuesta por el desarrollo económico, única respuesta de fondo al problema de la inflación y la escasez. Siendo el primer estado en adoptar una Ley para el Desarrollo de la Economía Popular, hemos entregado ya cerca de 3.000 créditos productivos –más de la mitad para mujeres emprendedoras- que significan la creación de unos 17.000 empleos‬.

En el polo opuesto del “Estado empresario” que hoy se nos quiere imponer, nosotros creemos en el ciudadano emprendedor y, en tal sentido, hemos ofrecido capacitación a más de 2.000 mirandinos para que conviertan sus ideas y sus ganas de progresar en iniciativas concretas. Otro tanto hicimos con unos 30.000 productores agrícolas, a quienes hemos entregado 943 créditos, que se estima generaron 23.000 empleos. Además, bajo el concepto “Hecho en Miranda”, estamos dando capacitación y asesoría para que los productos locales triunfen en nuevos mercados dentro y fuera del país.

Y, por cierto, una pregunta que todos deberíamos hacernos hoy: ¿quién le controla los costos al Gobierno nacional? ¿Cuál será el organismo que evaluará y fiscalizará la relación entre lo que gasta/presta/regala el Ejecutivo Nacional, y lo que efectivamente recibimos los venezolanos en servicios públicos y oportunidades de progreso? Quizás nos llevaríamos una gran sorpresa al descubrir que el mayor especulador es aquel que nos ha hecho pagar una auténtica fortuna –ingresos record por la venta del petróleo que a todos nos pertenece- a cambio de un país muy distante con el que soñamos y tenemos derecho a aspirar.

Yo creo que, más que obsesionarnos con enemigos internos y externos, Venezuela está en la hora de construir alianzas con todo aquel dispuesto a sumar su buena voluntad y sus capacidades al logro de metas comunes. Mantengamos viva la reveladora lección que nos acaban de dar los muchachos de la Vinotinto, quienes nos demostraron que un color y una pasión también pueden servir para unirnos, o mejor aún, para demostrarnos que en realidad, nunca lograron dividirnos.


“Un equipo, un país”

¿Quién dijo miedo?, ¿quién dijo que era imposible? Lo que antes fue una historia de traspiés y desilusión, se convierte, gracias a un extraordinario trabajo en equipo, en la oportunidad real de abrirnos un lugar entre los países que todos admiran.

Lo anterior podría aplicarse con toda propiedad tanto a la actuación de nuestra Vinotinto en la Copa América, como a la singular evolución que está experimentando el ambiente político venezolano. Las fuerzas del cambio –un cambio tan sorprendente y positivo como el de nuestra selección nacional- hoy se desatan en un número creciente de venezolanos. Mientras más hablo con la gente, más me convenzo de que se está cerrando un ciclo, abriendo el camino para que Venezuela se enrumbe por caminos de progreso, bienestar y paz.

La generosa línea de crédito que le extendió el pueblo venezolano a las promesas del oficialismo, está quemando sus últimos cartuchos. En cada rincón de Miranda y de Venezuela encuentro personas que ya no están dispuestas a tolerar el sectarismo, los discursos vacíos o el chantaje partidista. Hablo de gente que quiere mirar hacia adelante, que quiere salidas concretas y no excusas: jóvenes que, pese a las complacientes cifras de empleo del gobierno central, no encuentran un trabajo estable y digno; vendedores informales cansados de vivir siempre en el límite de la subsistencia; funcionarios indignados al tener que vestir franela roja (“como si fuéramos niñitos de kinder”, me dijo un viejo portero ministerial); padres angustiados al ver cómo la inseguridad cobra vidas sin que haya freno ni castigo, o madres cansadas de perseguir de mercado en mercado los productos más elementales.

Se siente en el aire un hartazgo que en buena parte se explica por la acumulación de arbitrariedades:

¿Que el servicio eléctrico es un desastre y ya no hay un “Niño” que cargue con la culpa? Pues en lugar de asumir culpas o de indemnizarnos por los electrodomésticos descompuestos, lo que nos viene es tremenda multa.

¿Que los productos desaparecen de los anaqueles o sufren una inflación sólo superada por Etiopía? La solución es amenazar y castigar con una de esas leyes que consiguen exactamente lo contrario de lo que buscan: más inflación y escasez.

¿Que la oposición se presenta como una opción cada vez más interesante en los tiempos por venir? Nada de batirse en buena lid respetando las reglas del juego: eligen la guerra sucia y, pese al escándalo que significa, se dejan tentar por el recurso de la inhabilitación política.

¿Qué gobiernos como el de Miranda ofrecen resultados que contrastan con el despilfarro y la acumulación de fracasos? Lejos de pensar en el bienestar de la gente, se opta por desplegar un cerco presupuestario.

Lo interesante es que a medida que pasa el tiempo, tales reacciones son cada vez más débiles frente a esa fuerza transformadora de la que hablamos. Es, nuevamente, como en el fútbol: ya no importa tanto que algún árbitro sea injusto y hasta nos saque una tarjeta roja en el último minuto: sabemos que nuestro buen juego acabará por imponerse.

Esa ha sido nuestra manera de gobernar en Miranda. Entendimos que con el mismo presupuesto que en el 2008, lo importante era enfocar nuestras energías en las necesidades reales de la gente, y dar un necesario ejemplo de inclusión; es decir trabajar con los mejores, sin distinciones ideológicas, y para todos por igual, sin detenernos en colores partidistas. El resultado, con un presupuesto que prácticamente no ha cambiado desde 2008, teniendo que superar además contingencias naturales que más bien exigían recursos extraordinarios, me atrevo a afirmar que es un ejemplo de esa administración sensata y efectiva que hoy reclama el país, donde las promesas cumplidas sustituyen el conflicto cotidiano y la palabrería.

¡Qué no habríamos hecho si la administración central hubiese acatado nuestra carta magna en materia de Situado Constitucional! Es decir, si hubiese incrementado los recursos de acuerdo a ingresos por barril de petróleo que, en lugar de los 40 dólares previstos, pasaron la barrera de los 100 dólares. Estamos hablando de una cantidad enorme de dinero, que toma el incierto destino de ese gran presupuesto paralelo que maneja un gobierno inauditable.

Recalcular el Situado Constitucional con el excedente que genera el barril petrolero, por ejemplo, a 98 dólares, significaría para Miranda nada menos que un aumento de 32% en la asignación; es decir, 718 millones de bolívares adicionales. Con esa cantidad podríamos construir 31 escuelas de alta calidad como la que hicimos en Tapipa, o multiplicaríamos por siete una iniciativa tan exitosa y útil como la de nuestros Certificados de Materiales de Construcción, que ya han beneficiado a más de 100 mil mirandinos, o triplicaríamos el alcance de la Red de Salud Francisco de Miranda, permitiéndonos atender a unas 2.210.000 personas al año. Eso…y más.

Pero hay que tener paciencia, pues otras realidades vendrán y será para bien de todos los venezolanos. Por cierto, al terminar este artículo no sabemos aún la suerte definitiva que ha corrido la Vinotinto en Argentina. En realidad, aunque soñamos con la Copa, ella no es lo verdaderamente valioso. Lo que realmente importa es la magistral lección que nos dieron al demostrar lo que es capaz de lograr un equipo unido. Sigamos su ejemplo, porque cuando las cosas se hacen bien pasan cosas buenas. Como dijo Mandela: “un equipo, un país”.